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Cuento de El Nono · Malbec Reserva 2021

¿Qué olor tenía la casa del abuelo?

Daiana Bátyi

La casa de mi abuelo ya no es la casa de mi abuelo. No solo porque él no la habita hace tiempo, sino porque la familia que vive ahí, estaciona sus autos en donde quedaba la habitación de mi mamá.

Estoy parada en la vereda de enfrente y veo cómo el auto sube la rampa e ingresa por el portón. Es el mismo de siempre, el del garaje del abuelo. Sin embargo, el conductor no se detiene, sino que derriba la pared de la habitación de mi mamá y mete ahí otro auto.

Sé que es ridículo, pero a veces imagino a mi mamá de niña durmiendo y un auto chocando contra su cama. Mi mamá ilesa, por supuesto, y retando al conductor, con voz de adulta, de madre. Muy dulce y tierna con sus dos trencitas e intimidante como las madres enojadas. Así que le recomiendo al conductor que retroceda.

Lo cierto, es que luego de divagar en mis pensamientos, recuerdo esa cama en la casa del abuelo, con una cajonera de costado, con los tres cajones más divertidos del mundo.

Pasaba horas jugando a ponerme todos esos tesoros. Desde intentar hacerme bucles en el pelo con los ruleros de la abuela, hasta ponerme los collares de perlas y bailar girando en círculos viendo cómo los mismos volaban conmigo hasta desplomarme en el suelo.

Extrañamos mucho a la abuela Zuli, cuando ya no había más remedio que llevarla a otro lugar para que la atendieran mejor. Todos la echábamos mucho de menos, aunque nadie como el abuelo. No creo que haya vivido un solo día sin visitarla. El caso es que, eventualmente, la casa de los abuelos pasó a llamarse, «La casa del abuelo».

Levanto la mirada y ahí están los actuales dormitorios. Pertenecían a una gran terraza donde ahora veo a mi primo adolescente haciéndose el canchero y caminando por la cornisa. Yo, que también fui adolescente, no me reía como él, sino que, con un nudo en la garganta, la desataba de a ratos para pedirle que bajara.

Claro, antes era una cornisa mucho más larga y desolada, a la cual le hubiera venido bien esas camas para amortiguar alguna caída o que se convirtieran en trampolines a la luna. Ya no hay terraza, pero quedan montones de recuerdos.

Incluso las cosas que se mantuvieron en el mismo lugar como la cocina, que sigue siendo cocina, ya no es la cocina de mi abuelo. Entiendo que mi hermano, mientras vivió en esa casa no dudó en quitar esos antiguos azulejos azules que cubrían todas las paredes.

Éstos, los cuales estuvieron de moda en la época de los abuelos y se suponía que se veían bonitos, sonreían en la cocina con un brillo del pasado, como una película antigua en blanco y negro que a todos nos divierte, solamente que hoy se prefiere hacer de otra manera.

Recuerdo de pequeña pensar que era un poco abrumador tanto azul en una misma habitación. Nunca estuve de acuerdo con este criterio decorativo. No fue hasta que mi hermano hizo atravesar un torbellino de modernidad por toda la casa, que añoré esos azulejos azules.

Por favor, no me mal interpreten. La cocina nueva quedó preciosa con una mesada reluciente y muebles impecables. No obstante, ningún mueble ni mesada ni alacena, llenarían esa cocina que sentí tan vacía. Gracias a unas molduras en el techo alto, me transporté de inmediato a la cocina azul con mi abuelo sentado con su tazón verde lleno de café con leche y remojando las medialunas.

Cada vez que paso por la casa, montones de recuerdos invaden mi cabeza. Cada rincón cuenta una historia… una historia propia, vivida. Esa casa que hoy no puedo visitar, pero que recurro a ella a menudo, la casa del abuelo, es parte de mi vida.

Inmersa en mis pensamientos, mientras recorría su casa cual fantasma desde la vereda de enfrente, escuché a una pareja pasando y diciendo que había olor a lluvia. Esto me hizo reflexionar en que el olor a lluvia siempre será un misterio para mí. No poseo ese súper poder de los aficionados en meteorología, que, aunque el cielo este despejado y no haya rastros de nubes, ellos pueden predecir el futuro. Mi eterna admiración hacia ellos.

El punto es que me quedé pensando «¿Qué olor tenía la casa del abuelo?» Debo reconocer que un pequeño calor se apoderó de mí. El mismo que sentía en medio de un examen de la facultad y me daba cuenta de que no sabía cómo responder a esa pregunta. No es que tenga un problema olfativo y no pueda distinguir aromas. Me gusta pensar que tengo un olfato perezoso y mi cuerpo decide gastar esa energía en otra cosa. Supongo mi cerebro no prefiere guardar recuerdos en base a olores, aunque algunas veces si lo hace, por supuesto. No obstante, reconozco que hay un placer intrínseco en asociar un aroma con un recuerdo. La casa de mi abuelo, tenía que tener su olor propio, distintivo. ¿Cuál sería?

Descarté instantáneamente el olor a comida, a pesar de que mi abuelo pasaba largas horas cocinando. Le gustaba armar una larga mesa en el quincho, donde nos juntábamos toda la familia. Disfrutaba de cocinar para todos los nietos y prepararnos su menú favorito en su cocina industrial. Una costumbre de cuando tenía el restaurante.

Las reformas de mi hermano no llegaron al quincho, ahora otra familia vive ahí. No volví a entrar al tradicional lugar de reuniones familiares, tampoco mi abuelo. Sin embargo, para mí el abuelo sigue ahí, cocinando las milanesas y los buñuelitos de coliflor en musculosa blanca y con el repasador en el hombro izquierdo. Muchos lugares tienen olor a comida, la casa del abuelo era especial, sigue siéndolo.

Incluso siendo así, el olor a comida no era lo que lo distinguía. Me quedé pensando un largo rato, creía que ya había encontrado la respuesta. El olor que me recuerda a la casa del abuelo, era el jazmín. Bastaba con abrir la puerta del pasillo, la cual conectaba con el jardín, para que aquella planta con su bella flor blanca abrigara toda la casa con su presencia.

Hasta el día de hoy, el aroma a jazmín me proyecta directamente a ese patio. Sin embargo, el olor de la casa del abuelo no puede definirse por un aroma que se percibe únicamente en los meses de octubre y noviembre.

La casa del abuelo es todo el año, todos los años, toda la vida. Finalmente, me di cuenta de que el olor a la casa del abuelo siempre fue el abuelo.